Poemas Prehispánicos

§ Una respuesta a Poemas Prehispánicos

  • alamosjunior dice:

    I. Tlaltecatzin de Cuauhchinanco
    Finales del siglo XIV

    1. CANTO DE CUAUHCHINANCO

    En la soledad yo canto
    a aquel que es mi Dios
    En el lugar de la luz y el calor,
    en el lugar del mando,
    el florido cacao está espumoso,
    la bebida que con flores embriaga.
    Yo tengo anhelo,
    lo saborea mi corazón,
    se embriaga mi corazón,
    en verdad mi corazón lo sabe:
    ¡Ave roja de cuello de hule!,
    fresca y ardorosa,
    luces tu guirnalda de flores.
    ¡Oh madre!
    Dulce, sabrosa mujer,
    preciosa flor de maíz tostado,
    sólo te prestas,
    serás abandonada,
    tendrás que irte,
    quedarás descarnada.
    Aquí tú has venido,
    frente a los príncipes,
    tú, maravillosa criatura,
    invitas al placer.
    Sobre la estera de plumas amarillas y azules
    aquí estás erguida.
    Preciosa flor de maíz tostado,
    sólo te prestas,
    serás abandonada,
    tendrás que irte,
    quedarás descarnada.
    El floreciente cacao
    ya tiene espuma,
    se repartió la flor del tabaco.
    Simi corazón lo gustara,
    mi vida se embriagaría.
    Cada uno está aquí,
    sobre la tierra,
    vosotros señores, mis príncipes,
    si mi corazón lo gustara,
    se embriagaría.
    Yo sólo me aflijo,
    digo:
    que no vaya yo
    al lugar de los descarnados.
    Mi vida es cosa preciosa.
    Yo sólo soy,
    yo soy un cantor,
    de oro son las flores que tengo.
    Ya tengo que abandonarla,
    sólo contemplo mi casa,
    en hilera se quedan las flores.
    ¿Tal vez grandes jades,
    extendidos plumajes
    son acaso mi precio?
    Sólo tendré que marcharme,
    alguna vez será,
    yo sólo me voy,
    iré a perderme.
    A mí mismo me abandono,
    ¡Ah, mi Dios!
    Digo: váyame yo,
    como los muertos sea envuelto,
    yo cantor,
    sea así.
    ¿Podría alguien acaso adueñarse de mi corazón?
    Yo solo así habré de irme,
    con flores cubierto mi corazón.
    Se destruirán los plumajes de quetzal,
    los jades preciosos
    que fueron labrados con arte.
    ¡En ninguna parte está su modelo
    sobre la tierra!
    Que sea así,
    y que sea sin violencia.

    II. Tochihuitzin Coyolchiuhqui
    Finales del siglo XIV y mediados del siglo XV

    1. VINIMOS A SONAR

    Así lo dejó dicho Tochihuitzin,
    Así lo dejó dicho Coyolchiuhqui:
    De pronto salimos del sueño,
    sólo vinimos a soñar,
    no es cierto, no es cierto,
    que vinimos a vivir sobre la tierra.
    Como yerba en primavera
    es nuestro ser.
    Nuestro corazón hace nacer, germinan
    flores de nuestra carne.
    Algunas abren sus corolas,
    luego se secan.
    Así lo dejó dicho Tochihuitzin.

    III. Nezahualcóyotl de Texcoco
    Siglo XV

    1. CANTO DE LA HUIDA

    En vano he nacido,
    en vano he venido a salir
    de la casa del dios a la tierra,
    ¡yo soy menesteroso!
    Ojalá en verdad no hubiera salido,
    que de verdad no hubiera venido a la tierra.
    No lo digo, pero…
    ¿qué es lo que haré?,
    ¡oh príncipes que aquí habéis venido!,
    ¿vivo frente al rostro de la gente?,
    ¿qué podrá ser?,
    ¡reflexiona!
    ¿Habré de erguirme sobre la tierra?
    ¿Cuál es mi destino?,
    yo soy menesteroso,
    mi corazón padece,
    tú eres apenas mi amigo
    en la tierra, aquí.
    ¿Cómo hay que vivir al lado de la gente?
    ¿Obra desconsideradamente,
    vive, el que sostiene y eleva a los hombres?
    ¡Vive en paz,
    pasa la vida en calma!
    Me he doblegado,
    sólo vivo con la cabeza inclinada
    al lado de la gente.
    Por esto me aflijo,
    ¡soy desdichado!,
    he quedado abandonado
    al lado de la gente en la tierra
    ¿Cómo lo determina tu corazón,
    Dador de la Vida?
    ¡Salga ya tu disgusto!
    Extiende tu compasión,
    estoy a tu lado, tú eres dios.
    ¿Acaso quieres darme la muerte?
    ¿Es verdad que nos alegramos,
    que vivimos sobre la tierra?
    No es cierto que vivimos
    y hemos venido a alegrarnos en la tierra.
    Todos así somos menesterosos.
    La amargura predice el destino
    aquí, al lado de la gente.
    Que no se angustie mi corazón.
    No reflexiones ya más.
    Verdaderamente apenas
    de mí mismo tengo compasión en la tierra.
    Ha venido a crecer la amargura,
    junto a ti y a tu lado, Dador de la Vida.
    Solamente yo busco,
    recuerdo a nuestros amigos.
    ¿Acaso vendrán una vez más,
    acaso volverán a vivir?
    Sólo una vez perecemos,
    sólo una vez aquí en la tierra.
    ¡Que no sufran sus corazones!,
    junto y al lado del Dador de la Vida.

    2. ESTOY TRISTE

    Estoy triste, me aflijo,
    yo, el señor Nezahualcóyotl.
    Con flores y con cantos
    recuerdo a los príncipes,
    a los que se fueron,
    a Tezozomoctzin, a Quahquauhtzin.
    En verdad viven,
    allá en donde de algún modo se existe.
    ¡Ojalá pudiera yo seguir a los príncipes,
    llevarles nuestras flores!
    ¡Si pudiera yo hacer míos
    los hermosos cantos de Tezozomoctzin!
    Jamás perecerá tu renombre,
    ¡oh mi señor, tú Tezozomoctzin!,
    así, echando de menos tus cantos,
    me he venido a afligir,
    sólo he venido a quedar triste,
    yo a mí mismo me desgarro.
    He venido a estar triste, me aflijo.
    Ya no estás aquí, ya no,
    en la región donde de algún modo se existe,
    nos dejaste sin provisión en la tierra,
    por esto, a mí mismo me desgarro.

    3. CANTO DE PRIMAVERA

    En la casa de las pinturas
    comienza a cantar,
    ensaya el canto,
    derrama flores,
    alegra el canto.
    Resuena el canto,
    los cascabeles se hacen oír,
    a ellos responden
    nuestras sonajas floridas.
    Derrama flores,
    alegra el canto.
    Sobre las flores canta
    el hermoso faisán,
    su canto despliega
    en el interior de las aguas.
    A él responden
    varios pájaros rojos,
    el hermoso pájaro rojo
    bellamente canta.
    Libro de pinturas es tu corazón,
    has venido a cantar,
    haces resonar tus tambores,
    tú eres el cantor.
    En el interior de la casa de la primavera,
    alegras a las gentes.
    Tú sólo repartes
    flores que embriagan,
    flores preciosas.
    Tú eres el cantor.
    En el interior de la casa de la primavera,
    alegras a las gentes.

    4. SOLAMENTE ÉL

    Solamente él,
    el Dador de la Vida.
    Vana sabiduría tenía yo,
    ¿acaso alguien no lo sabía?
    ¿Acaso alguien no?
    No tenía yo contento al lado de la gente.
    Realidades preciosas haces llover,
    de ti proviene tu felicidad,
    ¡Dador de la vida!
    Olorosas flores, flores preciosas,
    con ansia yo las deseaba,
    vana sabiduría tenía yo…

    5. ALEGRAOS

    Alegraos con las flores que embriagan,
    las que están en nuestras manos.
    Que sean puestos ya
    los collares de flores.
    Nuestras flores del tiempo de lluvia,
    fragantes flores,
    abren ya sus corolas.
    Por allí anda el ave,
    parlotea y canta,
    viene a conocer la casa del dios.
    Sólo con nuestras flores
    nos alegramos.
    Sólo con nuestros cantos
    perece vuestra tristeza.
    Oh señores, con esto,
    vuestro disgusto se disipa.
    Las inventa el Dador de la vida,
    las ha hecho descender
    el inventor de sí mismo,
    flores placenteras,
    con esto vuestro disgusto se disipa.

    IV. Cuacuauhtzin de Tepechpan
    Mediados del siglo XV

    1. CANTO TRISTE DE CUACUAUHTZIN

    Flores con ansia mi corazón desea.
    Que estén en mis manos.
    Con cantos me aflijo,
    sólo ensayo cantos en la tierra.
    Yo, Cuacuauhtzin,
    con ansia deseo las flores,
    que estén en mis manos,
    yo soy desdichado.
    ¿Adónde en verdad iremos
    que nunca tengamos que morir?
    Aunque fuera yo piedra preciosa,
    aunque fuera oro,
    seré yo fundido,
    allá en el crisol seré perforado.
    Sólo tengo mi vida,
    yo, Cuacuauhtzin, soy desdichado.
    Tu atabal de jades,
    tu caracol rojo y azul así los haces ya resonar,
    tú, Yoyontzin.
    Ya ha llegado,
    ya se yergue el cantor.
    Por poco tiempo alegraos,
    vengan a presentarse aquí
    los que tienen triste el corazón.
    Ya ha llegado,
    ya se yergue el cantor.
    Deja abrir la corola a tu corazón,
    deja que ande por las alturas.
    Tú me aborreces,
    tú me destinas a la muerte.
    Ya me voy a su casa,
    pereceré.
    Acaso por mí tú tengas que llorar,
    por mí tengas que afligirte,
    tú, amigo mío,
    pero yo ya me voy,
    yo ya me voy a su casa.
    Sólo esto dice mi corazón,
    no volveré una vez más,
    jamás volveré a salir sobre la tierra,
    yo ya me voy, ya me voy a su casa.
    Sólo trabajo en vano,
    gozad, gozad, amigos nuestros.
    ¿No hemos de tener alegría,
    no hemos de conocer el placer, amigos nuestros?
    Llevaré conmigo las bellas flores,
    los bellos cantos.
    Jamás lo hago en el tiempo del verdor,
    sólo soy menesteroso aquí,
    sólo yo, Cuacuauhtzin.
    ¿No habremos de gozar,
    no habremos de conocer el placer, amigos nuestros?
    Llevaré conmigo las bellas flores,
    los bellos cantos.

    V. Macuilxochitzin
    Mediados del siglo XV

    1. CANTO DE MACUILXOCHITZIN
    Elevo mis cantos,
    Yo, Macuilxóchitl,
    con ellos alegro al Dador de la vida,
    ¡comience la danza!
    ¿Adonde de algún modo se existe,
    a la casa de Él
    se llevan los cantos?
    ¿O sólo aquí
    están vuestras flores?,
    ¡comience la danza!
    Elmatlatzina
    es tu merecimiento de gentes, señor Itzcóatl:
    ¡Axayacatzin, tú conquistaste
    La ciudad de Tlacotépec!
    Allá fueron a hacer giros tus flores,
    tus mariposas.
    Con esto has causado alegría.
    Elmatlatzina
    está en Toluca, en Tlacotépec.
    Lentamente hace ofrenda
    de flores y plumas
    al Dador de la vida.
    Pone los escudos de las águilas
    en los brazos de los hombres,
    allá donde arde la guerra,
    en el interior de la llanura.
    Como nuestros cantos,
    como nuestras flores,
    así, tú, el guerrero de cabeza rapada,
    das alegría al Dador de la vida.
    Las flores del águila
    quedan en tus manos,
    señor Axayácatl.
    Con flores divinas,
    con flores de guerra
    queda cubierto,
    con ellas se embriaga
    el que está a nuestro lado.
    Sobre nosotros se abren
    las flores de guerra,
    en Ehcatépec, en México,
    con ellas se embriaga
    el que está a nuestro lado.
    Se han mostrado atrevidos
    los príncipes,
    los de Acolhuacan,
    vosotros los Tepanecas.
    Por todas partes Axayácatl
    hizo conquistas,
    en Matlatzinco, en Malinalco,
    en Ocuillan, en Tequaloya, en Xohcotitlan.
    Por aquí vino a salir.
    Allá en Xiquipilco a Axayácatl
    lo hirió en la pierna un otomí,
    su nombre era Tlilatl.
    Se fue éste a buscar a sus mujeres,
    les dijo:
    “Preparadle un braguero, una capa,
    se los daréis, vosotras que sois valientes.”
    Axayácatl exclamó:
    —“¡Que venga el otomí
    queme ha herido en la pierna!”
    El otomí tuvo miedo,
    dijo:
    —“¡En verdad me matarán!”
    Trajo entonces un grueso madero
    y la piel de un venado,
    con esto hizo reverencia a Axayácatl.
    Estaba lleno de miedo el otomí.
    Pero entonces sus mujeres
    por él hicieron súplica a Axayácatl.

    VI. Xicohténcatl “El Viejo”
    Mediados del siglo XV y principios del siglo XVI

    1. CANTO DE XICOHTÉNCATL

    Yo lo digo, yo el señor Xicohténcatl:
    ¡que no vayan en vano!,
    ¡toma tu escudo: cántaro de agua florida!
    Tu ollita de asa,
    ya está en pie tu precioso cántaro color de obsidiana,
    con ellos a cuestas llevaremos el agua,
    vamos a acarrearla allá a México,
    desde Chapolco, en la orilla del lago.
    No vayáis en vano,
    ¡mi sobrino, mis hijos pequeños, sobrinos míos,
    vosotros, hijos del agua!
    Hago correr el agua,
    señor Cuauhtencoztli,
    ¡vayamos todos!,
    ¡a cuestas llevaremos el agua,
    vamos a acarrearla en verdad!
    Quiere pregonarlo el capitán Motelchiuhtzin,
    ¡amigos nuestros!,
    dizque todavía no amanece.
    Tomamos nuestra carga de agua:
    cristalina, color turquesa, preciosa,
    que se mueve ondulante.
    Te acercarás así allá, al lugar de los cántaros,
    ¡no vayas en vano!
    Allá tal vez estará rumoreando Nanáhuatl.
    ¡Mi hijo pequeño!
    Tú, comandante de hombres, tú, hechura preciosa,
    pintura a la manera tolteca, con oro y plata,
    pinta el cántaro precioso, señor Axayácatl.
    Nosotros juntos vamos a tomar,
    nos acercamos a las aguas preciosas.
    Van cayendo, llueven gotas,
    allá junto a los pequeños canales.
    El que acarrea mi agua florida, Huanitzin,
    ya viene a dármela,
    ¡oh mis tíos, tlaxcaltecas, chichimecas!
    ¡No vayáis en vano!
    La guerra florida, la flor del escudo,
    han abierto su corola.
    Están haciendo estrépito
    llueven las flores bien olientes,
    así tal vez él,
    por esto vino a esconder el oro y la plata,
    por esto toma los libros de pinturas del año.
    ¡Mi pequeño canal, con mi cántaro va el agua!

    VII. Tecayehuatzin de Huexotzinco
    Segunda mitad del siglo XV y principios del siglo XVI

    1. ¡CANTEMOSYA!

    Cantemos ya,
    continuemos ahora los cantos
    en medio de la florida luz y el calor,
    ¡oh amigos nuestros!
    ¿Quiénes son?
    Yo salgo a su encuentro,
    ¿dónde los busco?,
    en el lugar de los atables,
    aquí mismo.
    Yo sólo concibo cantos floridos,
    yo vuestro amigo,
    soy sólo el señor chichimeca,
    Tecayahuatzin.
    ¿Acaso alguien,
    acaso no todos nosotros,
    daremos alegría,
    haremos feliz,
    al Inventor de sí mismo?
    Ojalá que allá, en buen tiempo, en Tlaxcala,
    estén mis floridos cantos aletargantes.
    Ojalá estén los cantos que embriagan
    de Xicohténcatl, de Temilotzin,
    del príncipe Cuitlízcatl.
    El Tamoanchan de las águilas,
    la Casa de la noche de los tigres
    están en Huexotzinco.
    Allá está el lugar de la muerte
    del quien hizo merecimientos, Tlacahuepan.
    Allá se alegran
    las flores que son la comunidad de los príncipes,
    los señores, en sus casas de primavera.
    Con flores de cacao,
    exclama y viene veloz,
    allá con las flores se alegra
    en el interior de las aguas.
    Viene de prisa con su escudo de oro.
    Que con abanicos
    con el cayado de flores rojas,
    con banderas de pluma de quetzal
    vengamos a dar alegría
    en el interior de las casas de la primavera.
    Resuenan los timbales color de jade,
    lluvia de florido rocío
    ha caído sobre la tierra.
    En la casa de plumas amarillas
    está lloviendo con fuerza.
    Su hijo ha bajado,
    en la primavera desciende allí,
    es el Dador de la Vida.
    Sus cantos hacen crecer,
    se adorna con flores en el lugar de los atabales,
    se entrelaza.
    De aquí ya salen,
    las flores que embriagan,
    ¡alegraos!

    2. PRINCIPIO DEL DIÁLOGO

    ¿Dónde andabas, oh poeta?
    Apréstese ya el florido tambor,
    ceñido con plumas de quetzal,
    entrelazadas con flores doradas.
    Tú darás deleite a los nobles,
    a los caballeros águilas y tigres.
    Bajó sin duda al lugar de los atabales,
    allí anda el poeta,
    despliega sus cantos preciosos,
    uno a uno los entrega al Dador de la vida.
    Le responde el pájaro cascabel.
    Anda cantando, ofrece flores.
    Nuestras flores ofrece.
    Allá escucho sus voces,
    en verdad al Dador de la vida responde,
    responde el pájaro cascabel,
    anda cantando, ofrece flores.
    Como esmeraldas y plumas finas,
    llueven tus palabras.
    Así habla también Ayocuan Cuetzpaltzin,
    que ciertamente conoce al Dador de la vida.
    Así vino a hacerlo también
    aquel famoso señor
    que con ajorcas de quetzal y con perfumes,
    deleitaba al único Dios.
    ¿Allá lo aprueba tal vez el Dador de la vida?
    ¿Es esto quizás lo único verdadero en la tierra?
    Por un breve momento,
    por el tiempo que sea,
    he tomado en préstamo a los príncipes:
    ajorcas, piedras preciosas.
    Sólo con flores circundo a los nobles.
    Con mis cantos los reúno
    en el lugar de los atabales.
    Aquí en Huexotzinco he convocado esta reunión.
    Yo el señor Tecayehuatzin,
    he reunido a los príncipes:
    piedras preciosas, plumajes de quetzal.
    Sólo con flores circundo a los nobles.

    3. EL SUEÑO DE UNA PALABRA

    Y ahora, oh amigos,
    oíd el sueño de una palabra:
    Cada primavera nos hace vivir,
    la dorada mazorca nos refrigera,
    la mazorca rojiza se nos torna un collar.
    ¡Sabemos que son verdaderos
    los corazones de nuestros amigos!

    VIII. Ayocuan Cuetzpaltzin
    Segunda mitad del siglo XV y principios del siglo XVI

    1. LAS FLORES Y LOS CANTOS

    Del interior del cielo vienen
    las bellas flores, los bellos cantos.
    Los afea nuestro anhelo,
    nuestra inventiva los echa a perder,
    a no ser los del príncipe chichimeca Tecayehuatzin.
    ¡Con los de él, alegraos!
    La amistad es lluvia de flores preciosas.
    Blancas vedijas de plumas de garza,
    se entrelazan con preciosas flores rojas:
    en las ramas de los árboles,
    bajo ellas andan y liban
    los señores y los nobles.
    Vuestro hermoso canto:
    un dorado pájaro cascabel,
    lo eleváis muy hermoso.
    Estáis en un cercado de flores.
    Sobre las ramas floridas catáis.
    ¿Eres tú acaso, un ave preciosa del Dador de la vida?
    ¿Acaso tú al dios has hablado?
    Tan pronto como visteis la aurora,
    os habéis puesto a cantar.
    Esfuércese, quiera mi corazón,
    las flores del escudo,
    las flores del Dador de la vida.
    ¿Qué podrá hacer mi corazón?
    En vano hemos llegado,
    hemos brotado en la tierra.
    ¿Sólo así he de irme
    como las flores que perecieron?
    ¿Nada quedará de mi nombre?
    ¿Nada de mi fama aquí en la tierra?
    ¡Al menos flores, al menos cantos!
    ¿Qué podrá hacer mi corazón?
    En vano hemos llegado,
    hemos brotado en la tierra.
    Gocemos, oh amigos,
    haya abrazos aquí.
    Ahora andamos sobre la tierra florida.
    Nadie hará terminar aquí
    las flores y los cantos,
    ellos perduran en la casa del Dador de la vida.
    Aquí en la tierra es la región del momento fugaz.
    ¿También es así en el lugar
    donde de algún modo se vive?
    ¿Allá se alegra uno?
    ¿Hay allá amistad?
    ¿O sólo aquí en la tierra
    hemos venido a conocer nuestros rostros?

    2. CANTO EN HUEXOTZINCO

    Asediada, odiada
    sería la ciudad de Huexotzinco,
    si estuviera rodeada de dardos.
    Huexotzinco circunda de espinosas flechas.
    El timbal, la concha de tortuga
    repercuten en vuestra casa,
    permanecen en Huexotzinco.
    Allí vigila Tecayehuatzin,
    el señor Quecéhuatl,
    allí tañe la flauta, canta,
    en su casa de Huexotzinco.
    Escuchad:
    hacia acá baja nuestro padre el dios.
    Aquí está su casa,
    donde se encuentra el tamboril de los tigres,
    donde han quedado prendidos los cantos
    al son de los timbales.
    Como si fueran flores,
    allí se despliegan los mantos de quetzal
    en la casa de las pinturas.
    Así se venera en la tierra y el monte,
    así se venera al único dios.
    Como dardos floridos e ígneos
    se levantan tus casas preciosas.
    Mi casa dorada de las pinturas,
    ¡también es tu casa, único dios!

    IX. Axayácatl
    Finales del siglo XV

    1. CANTO DE AXAYÁCATL, SEÑOR DE MÉXICO

    Ha bajado aquí a la tierra la muerte florida,
    se acerca ya aquí,
    en la Región del color rojo la inventaron
    quienes antes estuvieron con nosotros.
    Va elevándose el llanto,
    hacia allá son impelidas las gentes,
    en el interior del cielo hay cantos tristes,
    con ellos va uno a la región donde de algún modo se existe.
    Eras festejado,
    divinas palabras hiciste,
    a pesar de ello has muerto.
    El que tiene compasión de los hombres, hace torcida invención.
    Tú así lo hiciste.
    ¿Acaso no habló así un hombre?
    El que persiste, llega a cansarse.
    A nadie más forjará el Dador de la vida.
    ¡Día de llanto, día de lágrimas!
    Tu corazón está triste.
    ¿Por segunda vez habrán de venir los señores?
    Sólo recuerdo a Itzcóatl,
    por ello la tristeza invade mi corazón.
    ¿Es que ya estaba cansado,
    venció acaso la fatiga al Dueño de la casa,
    al Dador de la vida?
    A nadie hace él resistente sobre la tierra.
    ¿Adónde tendremos que ir?
    Por ello la tristeza invade mi corazón.
    Continúa la partida de gentes,
    todos se van.
    Los príncipes, los señores, los nobles
    nos dejaron huérfanos.
    ¡Sentid tristeza, oh vosotros señores!
    ¿Acaso vuelve alguien,
    acaso alguien regresa
    de la región de los descarnados?
    ¿Vendrán a hacernos saber algo
    Motecuhzoma, Nezahualcóyotl, Totoquihuatzin?
    Nos dejaron huérfanos,
    ¡sentid tristeza, oh vosotros señores!
    ¿Por dónde anda mi corazón?
    Yo Axayácatl, los busco,
    nos abandonó Tezozomoctli,
    por eso yo a solas doy salida a mi pena.
    Ala gente del pueblo, a las ciudades,
    que vinieron a gobernar los señores,
    las han dejado huérfanas.
    ¿Habrá acaso calma?
    ¿Acaso habrán de volver?
    ¿Quién acerca de esto pudiera hacerme saber?
    Por eso yo a solas doy salida a mi pena.

    X. Temilotzin de Tlatelolco
    Finales del siglo XV y principios del siglo XVI

    1. POEMA DE TEMILOTZIN

    He venido, oh amigos nuestros:
    con collares ciño,
    con plumajes de tzinitzcan doy cimiento,
    con plumas de guacamaya rodeo,
    pinto con los colores del oro,
    con trepidantes plumas de quetzal enlazo
    al conjunto de los amigos.
    Con cantos circundo a la comunidad.
    La haré entrar al palacio,
    allí todos nosotros estaremos,
    hasta que nos hayamos ido a la región de los muertos.
    Así nos habremos dado en préstamo los unos a los otros.
    Ya he venido,
    me pongo de pie,
    forjaré cantos,
    haré que los cantos broten,
    para vosotros, amigos nuestros.
    Soy enviado de Dios,
    soy poseedor de las flores,
    yo soy Temilotzin,
    he venido a hacer amigos aquí.

    XI. Cacamatzin de Texcoco
    Finales del siglo XV y principios del siglo XVI

    1. CANTOS DE CACAMATZIN

    Amigos nuestros,
    escuchadlo:
    que nadie viva con presunción de realeza.
    El furor, las disputas
    sean olvidadas,
    desaparezcan
    en buena hora sobre la tierra.
    También a mí solo,
    hace poco me decían,
    los que estaban en el juego de pelota,
    decían, murmuraban:
    ¿Es posible obrar humanamente?
    ¿Es posible actuar con discreción?
    Yo sólo me conozco a mí mismo.
    Todos decían eso,
    pero nadie dice verdad en la tierra.
    Se entiende la niebla,
    resuenan los caracoles,
    por encima de mí y de la tierra entera.
    Llueven las flores, se entrelazan, hacen giros,
    vienen a dar alegría sobre la tierra.
    Es en verdad, tal vez como en su casa,
    obra nuestro padre,
    tal vez como plumajes de quetzal en tiempo de verdor,
    con flores se matiza,
    aquí sobre la tierra está el Dador de la vida.
    En el lugar donde suenan los tambores preciosos,
    donde se hacen oír las bellas flautas,
    del dios precioso, del dueño del cielo,
    collares de plumas rojas
    sobre la tierra se estremecen.
    Envuelve la niebla los cantos del escudo,
    sobre la tierra cae lluvia de dardos,
    con ellos se oscurece el color de todas las flores,
    hay truenos en el cielo.
    Con escudos de oro
    allá se hace la danza.
    Yo sólo digo,
    yo, Cacamatzin,
    ahora sólo me acuerdo
    del señor Nezahualpilli.
    ¿Acaso allá se ven,
    acaso allá dialogan
    él y Nezahualcóyotl
    en el lugar de los atabales?
    Yo de ellos ahora me acuerdo.
    ¿Quién en verdad no tendrá que ir allá?
    ¿Si es jade, si es oro,
    acaso no tendrá que ir allá?
    ¿Soy yo acaso escudo de turquesas,
    una vez más cual mosaico volveré a ser incrustado?
    ¿Volveré a salir sobre la tierra?
    ¿Con mantas finas seré amortajado?
    Todavía sobre la tierra, cerca del lugar de los atabales,
    de ellos yo me acuerdo.

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